domingo, 14 de abril de 2013

Este año se celebra el 50 aniversario del Instituto de la Asunción, centro en el que estudié y he escrito este pequeño recordatorio para intentar ayudar a aquellas personas con discapacidad que acuden a centros educativos y que quizá sientan los mismos miedos que yo sentí y a sus familiares y amigos para que les entiendan mejor

Mi estancia en el instituto está dividida en dos partes, la primera, abarca desde primero de bachillerato hasta la reválida que teníamos que pasar después de haber aprobado el cuarto curso y la segunda, es la de sexto curso y Preuniversitario; ¿qué pasó con el quinto curso? Pues que lo estudié como alumna oficial, pero sin asistir a clase…más adelante lo contaré.
Empecé las clases yendo al centro del brazo de mi madre, llevaba unos aparatos ortopédicos que me llegaban desde los pies hasta la cintura y andaba apoyada en un bastón y del brazo de mi madre. Este hecho causaba sensación, asombro, curiosidad…lo cierto es que causaba algo y, según avanzaba el curso las miradas cesaban, ya era una más, era susi y su madre. Dentro del aula todo iba bien, pero solo hasta la hora del recreo.
No sé si era orden de la dirección del instituto o simplemente del “bedel”; D. Iluminado Torres (alias el bombillita”). Solo dejaba que una compañera me acompañara durante el “sector de ocio” mal llamado entonces recreo. Me explico, yo no podía andar sola y, como nací muy pronto, en aquella época no existía la figura del asistente personal ni se imaginaba que se podría contratar a alguien para que me ayudara a salir al recreo con el resto de compañeros, por tanto, en ese lapsus de tiempo, muchas amigas se quedaban conmigo engañando, o al menos eso creíamos nosotras al personal y se escondían debajo las mesas de para no ser vistas. Hablo en femenino porque en aquella época las clases no eran mixtas.
Lo pasaba muy bien porque me gustaba estudiar y conseguí buenas amigas, hasta el punto de que 50 años después lo seguimos siendo.
En cuanto al profesorado, la inmensa mayoría me trataba igual que a cualquier otra alumna, pero también me encontré a profesores que me compadecían y supe sacar provecho de ello y algún otro que me hizo llorar, hoy quiero pensar que por ignorancia…
Cuando tenía que estudiar 5º de bachiller me operaron y estuve en cama un año; a propuesta del director, D. Samuel Begué Montañés, los profesores vinieron a examinarme a casa como alumna oficial pidiendo un permiso a Consellería. Me suspendieron latín y debo confesar que me costó muchísimo buscar las palabras en el diccionario tumbada en la cama y escayolada desde las ingles hasta la barbilla.
Después de esa operación nos trasladaron al instituto nuevo, (el actual) y con mas barreras; estaba mucho más lejos de casa, por lo que tenía que ir en taxi y una vez allí me encontraba con las escaleras por lo que me tenían que subir a clase en brazos y sentarme en un sillón de madera en el que mi madre le puso ruedas en las patas (era del bar Marfil). Mi miedo era los cambios de clase, el que nos llevaran a otra clase para examinarnos, dependía de mis compañeros y eso me causaba un temor incontrolable; difícilmente podía disfrutar de las clases de D. Narciso porque había que subir al primer piso. Tampoco pude ir a ningún viaje de fin de curso ni participar en actividades organizadas fuera del horario escolar, pero a pesar de todo, fue una época muy buena.
Por fin, en el último año, ya iba en una silla de ruedas prehistórica que me permitía ir al instituto con las compañeras y de vez en cuando, fugarme de clase.
Con el paso del tiempo fui profesora del instituto durante unos meses de baja de la titular debido a un accidente; ya había rampa a la entrada, pero no ascensor, pero aunque la discapacidad era la misma, mi posición en la jerarquía de poder no y, por tanto,  ya no me daba miedo y yo decidía donde dar clase, así que llegué a explicar historia en el salón de actos y en las escaleras de la puerta principal.
El resumen de mis siete años de instituto es que disfruté estudiando, hice muy buenos amigos y aprendí a vivir.

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